
Sólo mis manos pueden cubrirme. El sol me ciega y abrasa, calienta sobremanera la pequeña embarcación hinchable que me transporta a la deriva; me lastima, me quema cuando apoyo cualquier parte de mi cuerpo en su estructura. Siento como la piel se contrae, la dermis se estrecha quebradiza como el lecho seco de lo que fue una ciénaga, y me produce una comezón insoportable que trato de aliviar con agua de mar, pero la sal al secarse hace crecer esa picazón. Desespero y lloro, y mi llanto es seco igual que el interior de mi boca que además es completamente áspero como un retal de arpillera, no fluye saliva alguna y el aire, en exceso ardiente, hiere mis pulmones. Muero de sed entre tanta agua. No puedo distinguir dónde se halla la línea que separa el cielo del inmenso océano.
La ansiedad me agota, el cansancio me vence y duermo. Entonces, noto como una leve sonrisa se dibuja en mi cara... Se trata de un mal sueño, una pesadilla infantil.

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