lunes, 16 de febrero de 2015

El chocolate de La Luz

En ese momento supe lo amargo que es el cacao cuando aún no se ha tratado. Corrían los primeros años de la década de los setenta, cuando en una de aquellas visitas con acampada que realicé al Monasterio de la Luz, nos enseñaron, a mí y a patrulla de exploradores a la que pertenecía, la fábrica de chocolate que se escondía entre los muros de aquella edificación monacal. El periódico de ayer mencionaba a aquellos monjes que tuve la suerte de conocer: Matías, el que mandaba, al tímido Rafael que cocinaba (muy bien por cierto) y a Manuel, el que todo lo guardaba. Sin embargo, el autor de la noticia omitió a un cuarto lego, al simpático hermano Arsenio, quien además de abrir y cerrar puertas, bromeaba con todos poniendo rima y sacando punta a todo lo que se decía. Fue este hermano quien nos enseñó, porque así lo quiso, aquellas maquinas, algún tiempo dormidas pero no muertas, que por un momento puso en marcha para obsequiarnos a cada uno de nosotros con una tableta de chocolate recién etiquetada. Efectivamente, tal y como decía la noticia, la fábrica estuvo cerrada y fue Arsenio quién nos explicó que los motivos  del cierre se debían a las dificultades económicas que albergaba tener que pagar al fisco con los reducidos beneficios que  por entonces se obtenían del chocolate. También recuerdo que nos mostró la cripta en la que yacían los restos de monjes antepasados e incluso un osario en el que a través de un ventanuco se podían ver osamentas y calaveras. Bueno me estoy desviando, no era de esto de lo que yo quería hablar. La cuestión es que hace un par de meses, a la salida de mi parroquia dos jóvenes monjes vendían como si de hippies se tratara, pulseras y cruces de alambre las unas y de madera las otras. Mientras adquiría alguna de aquellas "joyas" pregunté que de dónde eran; respondieron que eran hermanos de la Luz. No pude cambiar más impresiones con ellos, pues los feligreses que salían de misa rodearon en un instante aquel improvisado puesto, dificultado sobre manera cualquier tipo de conversación, por lo que opté por huir de aquel eventual comercio.  Fue de camino a mi casa cuando recordé aquella fábrica de chocolate pensando que tal vez todavía existiera entre aquellas paredes del monasterio  y que bien podrían aquellos monjes ponerla en marcha y probar suerte con la venta de aquel manjar. Por eso, he escrito estas líneas, por eso he hecho esta reflexión, por eso, y porque la noticia del periódico de ayer anunciaba que la fábrica de chocolate del Monasterio de la Luz se despierta y vuelve a poner en marcha su maquinaria. SUERTE...!!!