En ese momento supe lo amargo que es el cacao cuando aún no se ha
tratado. Corrían los primeros años de la década de los setenta, cuando en una
de aquellas visitas con acampada que realicé al Monasterio de la Luz, nos
enseñaron, a mí y a patrulla de exploradores a la que pertenecía, la
fábrica de chocolate que se escondía entre los muros de aquella edificación
monacal. El periódico de ayer mencionaba a aquellos monjes que tuve la suerte
de conocer: Matías, el que mandaba, al tímido Rafael que cocinaba (muy bien por
cierto) y a Manuel, el que todo lo guardaba. Sin embargo, el autor de la noticia
omitió a un cuarto lego, al simpático hermano Arsenio, quien además de abrir y
cerrar puertas, bromeaba con todos poniendo rima y sacando punta a todo lo que
se decía. Fue este hermano quien nos enseñó, porque así lo quiso, aquellas
maquinas, algún tiempo dormidas pero no muertas, que por un momento puso en
marcha para obsequiarnos a cada uno de nosotros con una tableta de chocolate recién
etiquetada. Efectivamente, tal y como decía la noticia, la fábrica estuvo cerrada
y fue Arsenio quién nos explicó que los motivos del cierre se debían a las dificultades económicas que albergaba tener que pagar
al fisco con los reducidos beneficios que por entonces se obtenían del chocolate.
También recuerdo que nos mostró la cripta en la que yacían los restos de monjes
antepasados e incluso un osario en el que a través de un ventanuco se podían
ver osamentas y calaveras. Bueno me estoy desviando, no era de esto de lo que
yo quería hablar. La cuestión es que hace un par de meses, a la salida de mi
parroquia dos jóvenes monjes vendían como si de hippies se tratara, pulseras y
cruces de alambre las unas y de madera las otras. Mientras adquiría alguna de aquellas
"joyas" pregunté que de dónde eran; respondieron que eran hermanos de
la Luz. No pude cambiar más impresiones con ellos, pues los feligreses que
salían de misa rodearon en un instante aquel improvisado puesto, dificultado
sobre manera cualquier tipo de conversación, por lo que opté por huir de aquel
eventual comercio. Fue de camino a mi
casa cuando recordé aquella fábrica de chocolate pensando que tal vez todavía
existiera entre aquellas paredes del monasterio y que bien podrían aquellos monjes ponerla en
marcha y probar suerte con la venta de aquel manjar. Por eso, he escrito estas
líneas, por eso he hecho esta reflexión, por eso, y porque la noticia del
periódico de ayer anunciaba que la fábrica de chocolate del Monasterio de la
Luz se despierta y vuelve a poner en marcha su maquinaria. SUERTE...!!!

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