Al oír aquel lamento, levanto la cabeza estirando el
cuello, oteo todo lo que sucede alrededor. La gente, dispersa en varios corros,
mantiene distintas conversaciones de las que sólo puedo identificar emociones:
la tristeza queda reflejada en la cara de la mayor parte de los asistentes,
incluso observo la hinchazón ocular de aquellos que han llorado un largo rato.
No obstante, un poco más allá, se escucha un parlotear jocoso y risas que se
suceden entre una locución y otra.
El
recinto, aséptico en su totalidad, representa ese establecimiento en el que el
muerto, aislado en un pequeño habitáculo refrigerado, es expuesto en el mismo
féretro que lo acompañará en el viaje final. Allí se le puede ver a una
distancia prudencial, a través de un cristal medio velado por unas
cortinas que alguien corre y descorre a su antojo.
Como no
puedo colegir nada de lo que se dice, me aproximo a uno de los corros donde se
mencionan las bienaventuranzas del finado, asiento y continúo camino a otro en
el que se cuentan recalcando y silabeando los deslices y debilidades del
difunto; la verecundia me incomoda y dando un paso atrás, me marcho.
En ese
momento aparecen los de la funeraria, a la sazón empleados del tanatorio. Llega
el momento en el que se disponen a tapar el ataúd; la respuesta es un grito
roto, ya no existe consuelo y el llanto se multiplica haciendo que las
lágrimas aneguen los rostros de los incondicionales. Ahora, lo que se ve es un
mueble con la reconocible forma de la
muerte. Lo echan sobre un carrito de
ruedas y lo transportan como si fuera un pesado paquete hasta la
capilla. Allí lo estacionan frente al
altar. Los bancos se llenan. Todavía se perciben leves susurros provenientes de
los asistentes. El sacerdote, vestido con casulla morada y tocado con estola a
juego, comienza su panegírico. De su boca oigo mi nombre y me sobresalto;
entonces miro mi contorno: todas son caras conocidas: mis amigos, mi profusa
familia; todo es tristeza. Ahora lo veo claro: es a mí a quien velaron, es a mí
a quien rezan a esta hora, soy yo el que se encuentra en esa fría caja de
muerto.
Mientras
ordeno mis pensamientos, el capellán, hisopo en mano, cumple con el rito de
purificar mi alma con agua bendita, aunque más parece que esté ejerciendo un exorcismo
y que intentara expulsar al maligno que se encuentra enredando en mi cuerpo.
Agradezco
y valoro la presencia de los asistentes que me dan su último adiós. Los abrazo
y beso uno a uno aunque nadie se percata de ello. ¡Dios! Nunca me sentí tan
vivo y sin embargo estoy muerto.
Me
acompaño hasta un coche fúnebre donde me instalan y parto al camposanto. El
hoyo está abierto y la tierra que tapará mi sepultura forma pequeñas dunas
alrededor. Dos hombres, pasan una gruesa soga bajo el ataúd y lo hacen descender
hábilmente al fondo de la fosa; sólo les falta silbar para parecer simples
albañiles paleta en mano cuya ajada indumentaria destaca entre el negro
predominante de los concurrentes. La tierra cae produciendo un golpe sordo y
hueco al chocar contra la
madera. Presencio mi propio entierro y
no me importa porque tengo la certeza de estar lleno de vida. En ese momento, entre los
vivos aparecen aquellos que perdí. Caras níveas, conocidas. Todos sonríen,
extienden sus manos y me las ofrecen:
-¡No,
Marchaos! Yo todavía no soy de ese mundo. Dejadme que entregue el afecto que
llevo dentro. Amo demasiado a los vivos para desaparecer ahora entre los
muertos...
Sanordevil