
Tenue, constante y desgarrador era el llanto de una adolescente, un llanto capaz de romper el corazón a los que como yo, escuchaban ese lamento. No me hizo falta presenciar el momento que provocó ese dolor. Sin embargo, sí alcancé a ver sueltos, dos perros grandes de los que figuran en las listas de peligrosos, que acompañados por el imbécil de su amo, hacían mutis por el foro a la chita callando. Comprendí lo sucedido porque la chiquilla gritaba "llevadla al veterinario" al tiempo que alguien portaba en las palmas de sus manos una perrita pequeña y peluda que yacía con la cabeza colgando. Su único pecado fue pasear por las calles de su barrio con su joven ama en una noche fatídica y toparse de lleno con dos cobardes animales sedientos de sangre acompañados de un humano inconsciente.
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