Sólo faltaban unos metros para alcanzar la trinchera que le daría cobertura de salvamento. El enemigo casi lo tenía al alcance. Suerte que todavía el Sol no se había hecho presente y las sombras, cómplices, lo ocultaban. El cansancio de una larga noche hacía mella sobre él. Comenzaba a sentir la falta de aire y una punzada de fatiga le dañaba el costado izquierdo.
-Tengo que llegar, necesito llegar. -Pensaba.
Unos pasos más y alcanzaría su meta.
Los minutos transcurrían y ya el alba teñía de mil colores los contornos. Las figuras comenzaban a hacerse patentes. Por eso no tuvo más remedio que avanzar arrastrándose para evitar que lo descubrieran. Se detuvo durante unos instantes. Era preciso descansar. El dolor y la fatiga eran insoportables. Fue entonces cuando llegó a sus oídos el rugir de un motor; tomó aliento y continuó su huída hincando una tras otra las puntas de sus píes. El impulso arrastraba su cuerpo que era severamente lacerado por los guijarros que encontraba a su paso. Las rodillas comenzaban a fallarle; continuos calambres paralizaban sus piernas que precisaban ser frotadas por sus manos. Esto ralentizaba su marcha. El abundante sudor inundaba sus ojos. Las sales segregadas le producían un terrible escozor cegándole casi por completo. El motor que antes escuchaba lejano, ahora es endiabladamente ruidoso; está cerca, pero de forma milagrosa aún no se encuentra a la vista de su enemigo y lo sabe; por eso gira sobre sí mismo y una vez boca arriba flexiona una y otra vez las rodillas y comienza a recuperarse.
-Sólo faltan diez metros. -Se oye decir a sí mismo.
-Diez metros más y estaré salvado.
El astro Sol se abre camino; ya se ve un círculo encarnado completo y la luminosidad es total. El enemigo se aproxima.
-Hay que correr, no tengo más remedio que correr para alcanzar mi meta.
Esa actitud va a ser su perdición. Al ponerse de pie es visto:
-¡Juaaan!, no corras y ven aquí ahora mismo.
Juan gira el cuello y con las manos enlazadas a modo de súplica, contesta:
-Padre, lo siento; me he equivocado, no volverá a ocurrir.
-Mírate como vas? toda la noche de juerga, la ropa destrozada, y seguramente bebido. -Dice el padre desde lo alto del tractor.
-Ponte la ropa de faena que es tiempo de cavar las patatas. Si dejamos pasar más días se pueden poner bravas y no habrá quien las arranque...
Y Juan cabizbajo barrunta:-Que hartazón de patatas...

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