Al final todos acabamos mojados. El agua transcurre por un estrecho pasillo rodeando rocas, cañas, árboles y toda la abundante vegetación de la zona, que convierte su curso en una serie de vericuetos maravillosos donde no faltan pequeños saltos que producen ese armonioso e inconfundible sonido del agua en movimiento.
En las inmediaciones de Macisvenda, localidad próxima a Abanilla, dejamos los coches y comenzamos la excursión. El cauce del río Chicamo se encuentra en un cañón por cuya base, fluye un riachuelo que a menudo tendrás que atravesar con el consiguiente riesgo de que los pies no permanezcan siempre secos. De hecho numerosos excursionistas, después de luchar infructuosamente con el equilibrio, acabamos caminando literalmente por el cauce del río; de todas formas estuvo lloviendo casi todo el tiempo, por lo que el agua fue la verdadera protagonista de la jornada y mojó cabezas, troncos y extremidades a su antojo.
Después de tres horas de un húmedo y divertido paseo, acabamos en un almacén de vinos, en el que se procedió a la cata, lo siento pero tengo que decirlo, del peor vino que he probado en mi vida, aunque para gustos los colores. Sé que después hubieron arroces con conejos o con verduras en un restaurante cercano. Lo sé porque así estaba dispuesto, pero yo y los míos teníamos tareas pendientes y tras una simpática despedida dejamos a ese círculo de amigos y nos marchamos.
Fue una mañana extraordinaria, tanto por la belleza de la zona como por la grata compañía de los excursionistas.
El río Chicamo... Visita y paseo obligado. Muy recomendable, pero que no se olvide nadie de llevar unos escarpines o en su defecto unas útiles chanclas o, simplemente calzado de repuesto.
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